Inauguramos este blog coral que pretende recoger todo aquello que, sobre el Teatro Hermético de la Memoria, merezca un comentario. Este es un espacio abierto en el que todos, hayáis sido invitados directamente o no, podéis participar, pues de lo que se trata es de tomar el Arte de la escena como una forma de expresión donde lo ilusorio y lo real se complementan para recrear el laboratorio de nuestra alma. Este blog está inspirado en el Teatro de la Memoria de Federico González... (Sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)

jueves, 9 de abril de 2026

LA PASIÓN DE FEDRA. Ovidio, Séneca, Eurípides, Sófocles, Racine...


 

Para hablar del teatro romano hay que comenzar hablando de Séneca, una de cuyas obras más conocidas, y más representada, es la tragedia protagonizada por Fedra, la bellísima esposa de Teseo. Séneca, cordobés de origen, realizó una versión de un tema mitológico que también fue tratado por Eurípides y Sófocles, y en versión literaria y primera, por Ovidio, a través de una de sus Heroidas. Mas tarde otros autores, como el dramaturgo Jean Racine, también crearon sus obras recurriendo al mito de Fedra, pieza que sigue representándose en diferentes teatros del mundo. Con el tiempo Fedra no solo ocupó los escenarios teatrales, sino que su historia pasó también al cine. En todas ellas la pieza varía en ciertos detalles, pero mantiene el fondo del mito, el desgarro y arrebato que provoca en el ser humano la pasión de amor.

Argumento:

La leyenda arquetípica de Fedra trata de esa pasión irreprimible de la que son rehenes los seres humanos por causa del amor. El caso de Fedra una princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna, la cual se enamora perdidamente de Hipólito, el hijo que su esposo Teseo había tenido con la reina de las amazonas antes de casarse con ella y tener dos hijos más.

Esta fatídica atracción, que concluye con el suicidio de Fedra, comienza mientras Teseo se encuentra ausente y ella, viendo constantemente al hermoso joven, se enamora perdidamente de él. Dice Fedra que el joven, con su pelo revuelto y aspecto desaliñado, le recordaba al propio Teseo cuando llegó a Creta donde fue a matar al Minotauro. Un recuerdo que a Fedra le devuelve la juventud llevándola a un tiempo donde esa clase de relación era consentida. No obstante, el muchacho separado culturalmente de esa época, no concibe esta relación con su madrastra y la rechaza, algo que Fedra no puede soportar, por lo que herida y despechada lo calumnia ante su padre al que cuenta que Hipólito la ha intentado violar.

De las drásticas represalias que Teseo tomó contra su hijo Hipólito hablan Ovidio, Eurípides y Séneca quienes reconstruyen el relato de esta tragedia. Sin embargo Fedra no es capaz de mantener el engaño, ni tampoco de vivir con el desprecio de Hipólito. Así pues, tras revelar a todos la verdad de su crimen, ella misma se da muerte.

Antes de suicidarse escribe una carta a Hipólito donde trata de explicarle que el rechazo que él siente hacia su amor, por ser ella su madrastra, es solo un prejuicio cultural en otro tiempo aceptado. También le dice que el amor que ella siente es una fuerza mayor que ni admite reglas de conveniencia ni está en su mano el poderlo ocultar. Tal vez, se pregunta Fedra, si esa clase de amor que ella siente, un amor prohibido, no será el sino de su estirpe, algo así como un tributo impuesto por la propia Venus a su linaje humano, ya que su propia madre, Pasifae, tampoco pudo dominar su arrebato amoroso hacia aquel bello toro blanco, del que engendró a su hermano, es decir al monstruo Minotauro. De hecho, ese mito se inicia con la propia Europa, una princesa fenicia seducida por un dios griego, Zeus, que para unirse a ella también se transforma en un toro.

Fedra añade que a Amor nada se le puede prohibir pues domina por encima de los demás dioses. También le recuerda al joven amado cómo su propio padre, el admirado Teseo, sedujo y enamoró a la vez a dos hermanas, Ariadna y a ella misma.

Fedra cree que de haber aceptado Hipólito la relación, siendo madrastra e hijastro, y viviendo bajo el mismo techo, podrían haber mantenido su idilio oculto y libre para expresarse en público, ya que los demás hubieran tomado ese amor como el que se da entre una madre y su hijo. Hipólito, que no ha querido ni escucharla debido a la gran hostilidad que le provoca la situación, tiene ahora entre sus manos la carta póstuma de Fedra. M.A.D.


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