Cuenta Calímaco, el gran poeta latino, que Artemis, si bien nació con nació con grandes dones naturales, siendo aún muy niña, pues alrededor de 10 años tenía, sentada en las rodillas de su padre Zeus, le pide a este lo siguiente: Lo primero que la mantenga doncella, segundo, ser llamada con múltiples nombres, tercero un arco, pero no como el de su hermano Apolo, pues no lo quiere para luchar con él, ella lo quiere curvado y flexible, forjado por los Cíclopes que hacen las armas de Zeus, esto es: el relámpago, el rayo y las centellas. Un arco que la haga infalible. También le pide una antorcha y poder ceñirse un colorido quitón. Quiere también sesenta ninfas oceánicas, para que sean sus compañeras, y veinte más del río Amniso, corriente que transita por el norte de Creta, para que cuiden sus canes y mantengan en buen estado sus sandalias. Artemis, a la que Calímaco presenta como una niña traviesa, también le pide, a su padre vivir siempre en los montes, en los bosques y en las cimas y una única ciudad, quiere para ella, donde le puedan hacer ofrendas sus seguidores. Asegura Artemis que no es su deseo abadonar su habitad salvaje a no ser que alguna mujer, en trece de parto, la llame, pues como hizo en el parto de Leto, su madre, la ayudará para aliviar sus dolores.
“Y dame todos los montes; escógeme una urbe cualquiera, la que quieras: pues rara vez, a ciudad Artemis desciende; viviré en los montes; trataré las urbes de hombres sólo cuando las mujeres, por agudas penas del parto afligidas, en su auxilio me llamen: las Moiras a mí, apenas nacida, me asignaron que las socorriera; pues dándome a luz y llevándome, nunca dolióse mi madre, más sin esfuerzos me expulsó de sus miembros.”
Riéndose su padre de las peticiones de su pequeña infante, narra Calímaco, le da todo lo que pide y treinta ciudades más.
“Tu padre te dará aún otras cosas mayores. Para ti treinta urbes proveeré, y no una torre, para ti, treinta urbes, las cuales exaltar a otro dios no sabrán, sino a ti única, y serán llamadas “de Artemis”; y en común dividíos, midiéndolas, innúmeras urbes terrestres, e islas, y en todas habrá altares de Artemis, y bosques; y para las rutas y puertos tú serás la custodia.”
Imagen: Artemis. Fresco en la Villa Ariadna de Nápoles

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